Los domingos suelen ser esos días que caen entre un sábado y un lunes, la mayor parte de las veces. Se conoce algún caso de alguien que se durmió un viernes y despertó un domingo, por lo que su sábado no existió, pero eso es otra historia, que debe ser contada en otra ocasión.
Yo nací un domingo, 16 de Septiembre de 1979, porque no tenía nada mejor que hacer que darle la lata a la que desde ese día se convertiría en mi madre. No pude empezar peor, haciéndola gritar.
El domingo es el día bipolar de la semana. Por un lado, se supone que es un día de descanso, de relax, de cocico en casa de los suegros, de cine de media tarde… Pero por otro lado, la amenaza del lunes madrugador, el mal rollo por no haber hecho todo lo que tenías pendiente para el fin de semana, la resaca adolescente, las horas muertas, las películas de sobremesa de Antena 3…
Mi relación con los domingos es de amor-odio a la gallega. Es decir, depende del domingo. Hoy, por ejemplo, podríamos decir que está siendo un domingo proactivo, en el que he hecho varias tareas pendientes, he leído un capítulo de un libro que me está ayudando con esas tareas y todavía me quedan muchas horas para, o bien relajarme, o bien hacer más tareas.
Pero hay otros domingos, los malditos domingos bastardos, en los que no consigo hacer nada y además me agobio por ese mismo motivo.
¿Y porqué no vas a misa? Se preguntarán los obispos que me consta que leen mi blog. Pues miren ustedes, sus eminencias, pues porque ir a misa es como estar viendo siempre el mismo capítulo de una serie y, aún a riesgo lanzar un SPOILER y fastidiarle el final a futuros fieles:
Jesucristo al final resucita.
FIN DEL SPOILER
En fin, mis fieles lectores, disfrutad de vuestro domingo y recordad lo que dice el dicho que me voy a inventar sobre la marcha:
«Si un domingo no aprovechas, pierdes una de cada siete fechas.»