Un Blanco Perfecto

07 Jun Un Blanco Perfecto

A parte de más del 99% de nuestra secuencia de ADN, el tito Copito de Nieve y yo compartimos algo que nos hace inseparables, indisolubles, indivisibles e in-presionantes: nuestra blanca palidez. Ya lo decía Annie Lennox…

Y es que, niños y niñas, ayer fuí a la playa por primera vez este año y sentí lo que siente la bola negra del billar, lo que siente un calvo en un casting de Pantene Pro-V, lo que siente el PP en el Congreso ultimamente, lo que sienten las Ketchup en su pueblo después de Eurovisión…me sentí, en definitiva, fuera de lugar.

Se suponía que a la playa uno va para ponerse moreno…¿Cómo es posible que la gente que va a la playa ya esté morena? ¿Porqué todo el mundo me miraba y cuchicheaba entre dientes? ¿Porqué las chicas en topless me miraban a mi y no yo a ellas?

El caso es que llegué a la playa, me quité la camiseta y noté esa sensación en la nuca que sienten los pre-secuestrados y las pre-violadas en las pelis de suspense. Esa sensación de que alguien te está mirando, pero multiplicada por un montón de cuerpos morenos y semidesnudos para los que un blanquito de tamaño y estatura media en una playa tiene menos sentido que Jimenez Losantos haciendose pareja de hecho de Otegui.

No se si podríamos hablar de Racismo de Playa, Apigmentofobia o Síndrome del Solarium Invernal, pero el caso es que mientras tímidamente colocaba mi toalla y me echaba por encima mi factor 60, pasaron por mi mente imagenes de miles de morenos y morenas en traje de baño, con una capucha blanca terminada en punta, torturándome con rayos uva hasta convertirme en la Pantera Rosa, pero sustituyendo pantera por pringao.

En ese momento, en el día más soleado de lo que llevamos de año, sentí que un gran foco de luz blanca me iluminaba como en un escenario, mientras mi público moreno me judgaba por no haber comido de pequeño suficiente zanahoria.

Justo en ese momento recordé porqué el año pasado solo fuí un día a la playa.

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